Sic veniet
<p style="text-align: right;"><span><i>Et inimici domini domestici ejus.</i></span><span></span></p><p style="text-align: right;"><span>Mt 10, 36</span></p> <p><span>Con demasiada frecuencia miramos este mundo con la actitud y las esperanzas de quienes lo consideran un lugar de permanencia y no de paso hacia el destino celestial, mientras sabemos que nuestra peregrinación en esta tierra tiene como destino ineludible la eternidad: una eternidad de bienaventuranza en la gloria del Paraíso o una eternidad de condenación en la desesperación de las llamas del Infierno. Y debido a esta inclinación nuestra de querer creer en un ilusorio <i>Hic manebimus optime</i> consideramos la Ascensión de Nuestro Señor casi como un hecho anómalo, un abandono por parte del Salvador que nos deja solos menos de cuarenta días después de Su Resurrección.</span></p><p><span>La llama del Cirio Pascual que se apaga al cantar el Evangelio -que significa precisamente el regreso del Hijo encarnado a la diestra del Padre- nos parece, por así decirlo, en contradicción con lo que hace unos días, por Rogaciones, pedimos a la divina Majestad: que nos conceda, que preserve y bendiga los frutos de la tierra, que nos libre del flagelo del terremoto, que nos aleje del rayo y de la tempestad, de la peste, del hambre, de la guerra.</span></p><p><span>Es difícil -hay que reconocerlo- poder transitar por un lugar que quisiéramos feliz y próspero, fértil y generoso, sereno y libre de conflictos. Es aún más difícil cuando levantamos los ojos al cielo y a menudo lo vemos surcado de estelas con las que hombres malvados y despiadados envenenan el aire que respiramos, contaminan los campos y los manantiales, pudren o secan las cosechas, llegan incluso a ofuscar la luz del sol. El <i>homo inimicus</i> no sólo esparce la cizaña donde crece el trigo: quiere que la cizaña sea sembrada y cultivada, y que el trigo sea escardado y arrojado al fuego; que el vicio triunfe y la virtud sea pisoteada; que la muerte y la enfermedad sean celebradas, y que la vida -incluso en el santuario del vientre materno o en la inocencia de los niños y los débiles- sea abatida, cicatrizada, amputada y manipulada.</span></p><p><span>Seguimos incrédulos y conmocionados ante esta subversión, porque no queremos aceptar la idea de que después de nuestra caída, a la naturaleza hostil se haya unido ahora la amenaza del <b><i>homo iniquus et dolosus</i></b>, que esa naturaleza manipula, replica e imita en formas grotescas, en sustitutos artificiales, en alimentos transgénicos, en imitaciones desalmadas de la Creación, por el odio que Satanás alimenta hacia el Creador de tanta perfección gratuita.</span></p><p><span>El Señor se levanta de este <i>valle de lágrimas</i>, asciende al cielo <i>in jubilatione et in voce tubæ</i>, como si las huestes angélicas se alegraran de ver al Hijo de Dios regresar al lugar de su origen, a esa dimensión eterna e inmutable en la que la Santísima Trinidad es el único principio y fin de los espíritus elegidos. Pero allí asciende después de haber descendido también <i>propter nos homines et propter nostram salutem</i>, encarnándose en el seno virginal de María Santísima, asumiendo naturaleza y carne humanas, afrontando la Pasión y la Muerte en esa Cruz que lo elevó como <i>Pontifex futurorum bonorum</i> (Hb 9, 11), Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a medio camino entre la tierra y el cielo, para crear un puente místico entre nosotros y Dios. Y esa humanidad asumida por Nuestro Señor en la Encarnación es llevada como estandarte de triunfo del <i>Victor Rex</i> en presencia del Padre Eterno, razón por la cual Su Cuerpo santísimo lleva aún resplandecientes las Llagas de la Redención.</span></p><p><span>Esto debe hacernos comprender dos conceptos extremadamente importantes. El primero: el sentido de nuestra vida terrena, que es <i>peregrinación</i> hacia la eternidad, <i>exilio</i> que esperamos que con la Gracia de Dios sea temporal, antes de volver a la verdadera Patria. Y con esta persuasión, debemos comprender también que los bienes de esta tierra -las riquezas, el éxito, el poder, los placeres- son lastres de los que es indispensable liberarnos si queremos ascender hacia lo alto, de remontarnos como el águila bíblica se remonta hacia el Sol divino. El segundo: la necesidad de <i>atesorar</i> este exilio, este peregrinar por el desierto hacia la Tierra prometida, utilizando los dones y haciendo fructificar los talentos que el Señor nos ha dado, no para hacer más cómoda y duradera la lejanía del Cielo, sino para acumular esos tesoros espirituales que <i>ni la polilla ni el óxido consumen</i>, y que <i>los ladrones no rompen ni roban</i> (Mt 6, 20).</span></p><p><span>Esto no significa despreciar la vida que la Providencia nos ha dado, sino de utilizarla para el fin que tiene: la gloria de Dios, que ha de obtenerse mediante la santificación propia y ajena en la obediencia a Su voluntad: <i>fiat voluntas tua</i> -recitamos en el Padrenuestro-<i>sicut in cœlo et in terra</i>, es decir, en la perspectiva de la eternidad que nos espera y en la temporalidad del paso de los días.</span></p><p><span>Así, mientras la divina armonía del cosmos marca los días y estaciones en que se desarrollan los años de nuestra vida terrena -y por ello invocamos desde el Cielo bendiciones sobre nuestras cosechas-, en el orden sobrenatural tenemos los ritmos cadenciados de la Liturgia, los cuales nos permiten contemplar los divinos Misterios y disfrutar de un vislumbre de esa eternidad en la que el Cordero Inmaculado celebra la Liturgia celestial, rodeado de las huestes de Ángeles y Santos.</span></p><p><span>Hoy nuestra alma está llamada a mirar al Señor que nos precede en el Paraíso. Mañana, resucitado en cuerpo y conducidos al Juicio, le veremos regresar en gloria: <i>Hic Jesús, qui assumptus est a vobis in cœlum, sic veniet quemadmodum vidistis eum ascendentem in cœlum</i> (Hch 1, 11): Este Jesús, que estuvo entre vosotros y fue llevado al cielo, volverá un día de la misma manera en que le vistes ir al cielo, dicen los dos Ángeles a los discípulos. Y será un regreso en el que el tiempo, tal como lo conocemos, dejará de ser y entrará en la eternidad divina precisamente porque el <i>consumatum est</i> pronunciado por el Salvador agonizante en la Cruz aquel Viernes Santo de hace 1991 años también será válido para el mundo y para toda la humanidad, habiendo llegado al final de la prueba, del exilio, de la peregrinación terrena.</span></p><p><span>El Cirio pascual representa, como nos instruye el diácono en el himno solemne del <i>Exsultet</i>, el <i>lumen Christi</i>, Cristo luz verdadera: como la columna de fuego que precedió a los hebreos al cruzar -<i>sicco vestigio</i>- el Mar Rojo, así también Él nos precede en nuestro paso por este mundo y en nuestra huida de los malvados que nos persiguen. Oremos para que nos encuentre dignos de ponernos a salvo, para no ser arrastrados por las aguas como los soldados del Faraón. Que la Santísima Eucaristía sea nuestro Viático en este éxodo, y la Virgen Inmaculada nuestra Estrella. Amén, amén. </span></p> <p><span>+ Carlo Maria Viganò, <i>Arzobispo </i></span></p><p style="text-align: right;"><span>9 de Mayo de 2024</span><span><i>In Ascensione Domini</i></span></p> <p><span>Traducción al español por: <b><i>José Arturo Quarracino</i></b></span></p>
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