Porque el Amor Te ha echo ahora pobre
<p style="text-align: right;"><em>Puer natus est nobis,<span></span>et filius datus est nobis:</em><em>cujus imperium super humerum ejus</em><em>et vocabitur nomen ejus magni consilii Angelus.</em></p><p style="text-align: right;">Is 9:6</p>La solemnidad de hoy constituye el cumplimiento de las promesas que el Señor ha hecho a su pueblo; promesas contenidas en las profecías antiguas, comenzando por la del Protoevangelio, en la que se menciona a la estirpe bendita de la Mujer como vencedora de la estirpe maldita de la Serpiente. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje, y él te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar (Gn 3, 15). Isaías precisa solemnemente:<em> Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros está el poder, y su nombre será: Consejero admirable, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz</em> (Is 9, 6).En la Misa<em> in Nocte</em>, el Introito nos mostró la generación del Hijo de Dios a partir del Padre en la eternidad de los tiempos:<em> Dominus dixit ad me: filius meus es tu, ego hodie genui te</em> . Esa eternidad contemplada en la noche -cuyo silencio evoca justamente el Misterio de Dios- desciende del cielo con la Encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad en la historia del género humano. He aquí, pues, la Misa <em>in Aurora</em> que atraviesa las tinieblas del pecado en que se encuentra la humanidad: <em>Lux fulgebit hodie super nos, quia natus est nobis Dominus</em>. Una luz brilló hoy sobre nosotros, porque el Señor ha nacido por nosotros. Luego, con la Misa <em>in Die</em>, se muestra la humanidad del Salvador: <em>Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros está el signo de la soberanía y será llamado: Consejero admirable, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz</em> (Is 9, 6). <em>Puer</em>, dice la Escritura. Pero <em>puer</em> no sólo significa hijo, sino también siervo, porque es en obediencia al Padre que el Hijo acepta despojarse de su divinidad,<em> formam servi accipiens in similitudinem hominum factus, et habitu inventus ut homo</em>; tomando forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres, apareció en forma humana (Flp 2, 7). Ese <em>nobis</em>, ese <em>para nosotros</em>, expresa entonces la finalidad de la Encarnación y Pasión del Señor, prometida a nuestros primeros padres para redimir a su descendencia caída por el pecado, promesa que se cumplió con la venida al mundo, secundum carnem, del Verbo eterno del Padre. Comprendemos bien por qué la sabiduría de la Santa Iglesia nos hace arrodillar cada vez que recordamos el Misterio inefable de la caridad divina:<em> et verbum caro factum est, et habitavit in nobis</em> .El odio a Cristo -piedra angular y piedra de tropiezo contra la que se estrellan sus enemigos- está motivado precisamente por la incapacidad debida al orgullo de comprender el Misterio de la Caridad que lleva a Dios a hacerse hombre, al Señor a hacerse siervo; o al menos a inclinarse en adoración ante esta Caridad que es Dios.<em> Deus Caritas est </em>(1 Jn 4, 8). Y, como amonesta san Juan: <em>qui non diligit, non novit Deum</em>, quien no ama no conoce a Dios (1 Jn 4, 8). La incapacidad de amar y de dejarnos amar es, en definitiva, lo que labra el abismo entre la Caridad infinita de Dios y nuestro miserable orgullo, que nos hace rechazar tanto el Amor del Señor por nosotros como el amor que Él inspira hacia Sí mismo por la Gracia en nuestros corazones enfermos. Es la Caridad la que quema nuestros pecados, purifica nuestras almas y nos eleva a las alturas de la santidad, haciéndonos verdaderamente semejantes a Dios; mientras que el amor a nosotros mismos, a las seducciones del mundo y a los placeres de la carne nos precipita en el único abismo del que ni siquiera la Omnipotencia del Señor puede arrancarnos, porque hace de nosotros, del mundo y del demonio nuestros ídolos, los falsos dioses que no pueden darnos más que la muerte.Debemos comprender el engaño infernal que el demonio nos tiende cada vez que nos tienta a pensar que puede liberarnos de Cristo y de Su Ley. Cuanto más nos elevamos creyéndonos libres para pensar, actuar y hablar como queramos, tanto más se enreda nuestra alma con las cadenas que le impiden ascender hasta Dios; cuanto más nos llenamos de nosotros mismos, menos espacio dejamos para la Gracia. Por el contrario, debemos escuchar a ese Verbo divino que primero nos dio ejemplo de humildad y de obediencia hasta el punto de hacerse hombre y morir por nosotros. Dios, que no necesita nada, se hace a sí mismo necesitado de todo, para que nosotros, necesitados de todo, podamos encontrar en Él lo que ninguna criatura, ni siquiera los Ángeles, se atreve a esperar.Miremos, pues, el Pesebre, y contemplemos en él con emoción la humildad de la Virgen que la Trinidad quiso que se convirtiera en Madre de Dios: <em>ecce enim ex hoc beata me dicent omnes generationes</em>. Contemplemos la humildad de San José, custodio silencioso y fuerte de la Familia Divina. Miremos la humildad de los Ángeles, que, a diferencia de los espíritus rebeldes, cantan el Gloria sobre aquella pobre cueva donde, en la humildad, nace el Mesías prometido. Miremos la humildad de los pastores, en sus dones sencillos, en su fe pura, en el hecho de que la pobreza material no les ha impedido reconocer el único tesoro que merece ser celosamente custodiado: ese hijo de José, de la tribu real de David, que con el llanto de niño irrumpe en las tinieblas del mundo para traernos la luz, para ser Él mismo la verdadera y única Luz -como dirá Simeón dentro de unos días- <em>Lumen ad revelationem gentium, et gloria plebis tuæ, Israël</em> (Lc 2, 32). Y así sea. + Carlo Maria, <em>Arzobispo</em><p style="text-align: right;">25 de Diciembre de 2023<em>In Nativitate Domini</em></p>Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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